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Y aunque esto parezca un episodio de Battlestar Galactica, lamento decirles que no lo es. En una escuela primaria de Tokio, Japón, un robot, llamado Saya, le está dando clases a un grupo de niños.

La máquina tiene dentro 18 motores que no sólo le permiten hablar en diferentes idiomas, mover los ojos, caminar, sino también puede pasar de tener una cara de enojo a una cara de felicidad.

El robot, que le tomó 15 años de desarrollo a Hiroshi Kobayashi, fue originalmente creado para reducir el costo de algunos puestos de trabajo como secretarias, recepcionistas y, ahora, maestras.

No sé qué piensan ustedes, pero me agarró ese sentimiento raro imposible de explicar (llamado por la ciencia Valle inquietante) al saber que niños pueden estar siendo enseñados por robots. Si tuviera la posibilidad de elegir, sin duda alguien de carne y hueso con sentimientos reales (y no sólo una cara de felicidad) sería la persona para enseñarle a mi niño.