Me he quedado de piedra con el excelente artículo del New York Times sobre cómo el Power Point entorpece las operaciones militares de Estados Unidos. "Para cuando entendamos esta diapositiva, ya habremos ganado la guerra", dice el general Stanley McChrystal, en tono de mofa a la imagen que ilustra esta entrada. Parece cuestión de broma, pero el trasfondo es impactante. "[PowerPoint] es peligroso porque puede crear la ilusión de entendimiento y la ilusión de control", menciona el general H.R. McMaster.

Han dado en el clavo. PowerPoint ha generado una cultura en torno a la optimización, en tratar de reducir la información a su mínima expresión, en explicar la mayor cantidad de datos en el menor espacio posible. Ideado como una herramienta para presentaciones corporativas, PowerPoint se ha arraigado tanto que es prácticamente impensable una ponencia, una charla o una presentación pública sin apoyo de las diapositivas.

Como bien señala el artículo del New York Times, hay preocupación en torno a cómo el (ab)uso de esta paquetería afecta la discusión de los temas, el pensamiento crítico y la toma de decisiones. Herencia de una tendencia al corporativismo, la generación del PowerPoint se ha acostumbrado más a sintetizar que a comprender, más a presentar la información en puntos claros y manejables, que en esforzarse por entender las interacciones complejas en el mundo.

Pensemos, por un momento, en el esquema de pensamiento que implica esta herramienta - sobre todo en el ámbito educativo. PowerPoint estimula a que un estudiante aprenda a sintetizar, a encontrar los puntos clave, pero no se debe abusar de este programa. La tendencia actual conlleva a sacrificar la profundidad, a privilegiar el resumen en balazos por el análisis de la información. Como diría McMaster, "muchos problemas del mundo no pueden reducirse a unos cuantos puntos".