Este verano, ParaNorman se presenta en los cines con poco cartel, a diferencia de otras animaciones con más presupuesto como Brave o Madagascar 3. Producida por Laika Entertainment (quienes hicieron la fenomenal Coraline), parece un filme llegado a destiempo, con el furor por los zombis venido a menos en los últimos dos años. La premisa, sin embargo, es alentadora: la historia de un niño que puede ver espíritus y es socialmente rechazado por esta cualidad. Algo sucede en el pueblo que ocasiona un despertar de los muertos vivientes -al más puro estilo de una serie B- y Norman debe tomar cartas en el asunto. Aunque desde los avances se adivina la fórmula (un viaje del héroe emprendido cientos de miles de veces en el cine, con sidekick incluido), hay algo en su atmósfera que atrae a darle una oportunidad. Los que no quieran conocer de la trama, deténganse aquí. Los demás, prosigamos.

El protagonista, Norman Babcock, se nos presenta como un personaje introvertido, rechazado, un paria que prefiere el aislamiento a la confrontación. No pasan ni diez minutos de la cinta para darnos cuenta que vive en un núcleo familiar fragmentado, donde los integrantes (el padre obtuso, la madre aprehensiva, la hermana superficial, la abuela comprensiva) funcionan a la perfección como arquetipos. Desde ese momento, el espectador (sea niño o adulto) conecta emocionalmente con Norman, un logro clave para que la película sea efectiva.

La trama central -y aviso, aún no estoy revelando nada crucial- radica en que existe una maldición en el pueblo, en la que una bruja asesinada por los fundadores puritanos amenaza con resurgir. Mientras que la historia forma parte del folclor de la población, en realidad, el tío de Norman -quien también posee la habilidad de interactuar con los muertos- es el encargado de evitar que cada año se cumpla la maldición. Algo falla y la maldición se ejecuta, y es donde Norman, acompañado por Neil (su único y reciente amigo), Alvin (el bravucón de la escuela), Courtney (su hermana) y Mitch (el hermano mayor de Neil) deben escapar de los zombis y resolver el problema. Es después de la persecución que el filme se separa del homenaje -a punto de caer en el cliché del cine de horror, pero salvándolo por poco- para entrar en un terreno diferente. Ahora sí, ¡qué vengan los spoilers!

La aparición de los zombis despierta en el pueblo la reacción de la turba iracunda. En Norman quien se percata que los muertos vivientes son las víctimas. Ellos, en su ignorancia, asesinaron a una niña con los mismos dones que Norman, acusada de brujería. Cada año, la niña era dormida por el tío de Norman, evitando que la maldición se ejecutara. Los zombis son auténticas almas en pena, purgando en arrepentimiento la condena por su crimen. Norman lo comprende, pero el pueblo está desquiciado. Los zombis no son los que emergen de la tumba, sino los que toman trinchetes y antorchas para destruir sin comprender.

El mensaje de aceptación en ParaNorman es efectivo porque no sólo toca la psicología del protagonista, sino a su entorno completo. En cierto modo, no es Norman quien se adapta a la sociedad; es el pueblo el que debe hacer el ejercicio por comprender. La familia también lo entiende (aquí, la escena del auto rumbo a la tumba de la bruja es fantástica para delinearlo) y termina por respaldar al hijo. Norman, entonces, sí se convierte en otro agente de cambio; es él quien hace lo único que nadie ha propuesto: hablar con la niña. En una secuencia de aterradora belleza -el trabajo de arte la hace digna de nominación al Oscar-, la convence de dejar ir el rencor hacia la población y se termina la maldición. Como cereza del pastel, la escena del padre en la sala y el fantasma de la abuela es un cierre perfecto.

Me atrevo a decir que, en muchos aspectos, ParaNorman llega a ser la animación más profunda del verano -con perdón de Brave y su hermosa relación madre e hija-. A eso hay que añadirle una dirección artística llevada con pulcritud y un diseño visual impresionante. Lo que se le tiene que reprochar al filme es poco; si acaso, que su ritmo sea tan voluble, la irrelevancia de Neil y su música de acompañamiento tan poco memorable. Sin llegar al tono meloso de una fábula de integración, cumple bien su cometido; quizá no sea la más sonada en cartelera, pero les aseguro que sí es la que más resuena en el interior del espectador.