Para ayudar a la memoria y romper el tiempo. Para contar historias, nuestras historias. Para detener los segundos y nunca estar viejos. Para que nos recuerden cuando no estemos, o no seamos los mismos. Tomamos fotografías porque queremos trascender y vivir los mejores momentos por siempre. Queremos romper las leyes de la física, queremos aumentar el color, queremos ampliar el blanco y el negro, queremos desenfocarnos para enfocarnos. Queremos usar filtros que deterioran la imagen, queremos que lo nuevo se vea viejo y lo viejo se vea nuevo. Queremos compartir con nuestra familia y amigos aquellos viajes a los que no fueron invitados, o las fotos de la fiesta a la que si fueron invitados. Queremos subir fotos en Twitter, en Facebook, en Instagram, en Flickr y en cuanta cosa inventen. Para ser las estrellas de rock en nuestras 15 fotografías de fama. Queremos compartir con el mundo lo que nuestros ojos ven.

Pero en este maravilloso proceso nos olvidamos de vivir el momento. Nos ocupamos más del recuerdo que perdurará en nuestros computadores o redes sociales, que el recuerdo que se creará en nuestra mente. No vivimos lo que vivimos, lo fotografiamos. Vamos a un concierto y lo primero que sacamos es el teléfono, somos los zombies que se alimentan de imágenes que serán descargadas o subidas, pero raramente vistas. Es la inmediatez de la ultima foto que perdura en nuestras retinas pocos segundos. Y esto solo si tenemos la mínima organización de bajar, ver y subir la foto. Millones de veces, en todos los rincones del mundo, en miles de tarjetas de memoria, ocurre el absurdo acto de: bajo las fotos al cementerio del disco duro, no las miro, no las ordeno, no vivo el recuerdo de aquello que no viví por tomar fotos que alimentan de color a los silenciosos gigabytes del olvido.

RAW, JPG, Canon, Nikon, DSLR, megapixeles nos invaden la cabeza y nos creemos los mejores fotógrafos del universo porque tenemos (o queremos tener) la “mejor” cámara del mundo. Pero lo que importa no es con que tomamos una fotografía, es la pasión y creatividad que ponemos al disparar lo que cuenta. No es la cámara, es el fotógrafo. Pero vamos más allá: si el fotógrafo es bueno, pero se encuentra enfermo de fotolocotomofilia, no vale de nada. Alguien que no vive antes de tomar una foto, nunca será el mejor fotógrafo del mundo.

Hay que detenerse y preguntarse: ¿Por qué tomamos fotografías?, es el inicio, es el momento. Puedes responder en los comentarios de este post y comenzar el cambio. Antes de ahogarnos en la era de la iPhoneografía.

Luego tenemos que crear nuestro código a lo Dexter y apegarnos al mismo. Hay que vencer a nuestro pasajero oscuro que quiere tomar 10.000 fotos en una semana.

  • Tenemos que tener claro cuántas fotografías podemos ordenar y procesar por día. Si podemos hacerlo con 100 fotos, eso es el máximo que deberíamos tomar.
  • Hay que decidirse por un programa para administrar fotos: iPhoto y Picassa van bien.
  • Hay que definir un sistema de almacenamiento local, y otro en Internet. Google+, Facebook o Flickr funcionan muy bien para esto.
  • Hay que crear un sistema de trabajo: bajar las fotos, abrir el programa de organización de fotos, seleccionar las mejores, editar las mejores, colocar el sitio en que fueron tomadas, subirlas a Internet, enviarlas por correo a la familia, imprimirlas.
  • De un viaje o evento especial hay que seleccionar las 10 mejores fotos por día y subirlas a Internet.
  • Hay que seleccionar las mejores 2 fotos y subirlas a Flickr o destruirlas con Instagram.
  • Hay que imprimir 5 fotos de cada momento especial de tu vida.
  • Hay que mandar a imprimir un libro de fotos (iPhoto lo hace bien) de cada año de tu vida.
  • Hay que borrar las fotos repetidas, o las malas, o las desenfocadas (si estas en la etapa enfocada de tu vida).
  • Las fotos borracho o desnudo, guárdalas muy bien. No las subas al Facebook. Te arrepentirás luego.
  • Cada año selecciona tu mejor foto y envíala a los concursos de fotografía.
  • No tomes fotos en conciertos. O toma 18 fotos y ya. Tienes que vivir la música y disfrutar que está en vivo. No tomes videos malos, y mediocres que nunca más vas a volver a ver en toda tu vida.
  • Cuando llegue al mundo tu hijo, tómale una foto, la primera, luego dale la cámara a algún primo enfermo de las fotos, y disfruta el momento. No todos los días llega al mundo alguien que te acompañará hasta tu muerte.
  • Compra una cámara que no pese mucho. Si eres un fotógrafo profesional o que se cree profesional compra dos cámaras, la Canon cara y pesada, y luego otra liviana y sin espejo, y sin un sensor Full Frame, pero que sea buena. Hay toda una generación de cámaras así naciendo en este momento (Olympus OMD, Sony NEX-7, Fujifilm X-Pro 1).
  • Busca a tus mejores amigos, viaja con ellos a un sitio, tómense una foto, una sola allí. Luego cada año repite lo mismo, que la fotografía sea una excusa para el viaje y la experiencia de compartir con ellos.
  • Dale un espacio a la fotografía en tu vida, pero no un espacio a la vida en tu fotografía.

Es cosa de detenernos a reflexionar un poco, de apagar los teléfonos, de vivir algunos días como si estuviéramos en el cine. ¿Quién toma fotos en el cine? Tenemos que hacer primero la película de nuestras experiencias en este mundo, en nuestros recuerdos, disfrutar hasta el tuétano de los momentos, y luego que el momento que vivimos nos embriague, incluir en ese disfrute mágico, ese click que a veces entorpece y que con un poco de inteligencia podría sumar un recuerdo o una imagen memorable.

Hay que relajarse, no todo se puede fotografiar.